Ya estoy aquí con otra sesión de (NATIONAL PRESENT)de la sección de NATIONAL GEOGRAPHIC.
Esta semana toca hablar Afrodita: de belleza de Oriente a símbolo universal . Esta semana va ser curioso le entrada de NATIONAL GEOGRAPHIC conoceremos mejor a este belleza del oriente y por qué fue tan importante.
Curiosidades de la historia: episodio 263
Mezcla de antiguas diosas de la fertilidad y de divinidades orientales, Afrodita fue especialmente venerada por los griegos. Desde Chipre, su culto se difundió por todo el Mediterráneo
Los dioses del Olimpo griego eran una familia alocada y disfuncional. Instaladas en la cumbre del monte Olimpo, al norte de Grecia, estas criaturas sobrenaturales tenían aspecto humano, pero eran más grandes, inteligentes y fuertes que los hombres. Los mitos contaban de ellos toda clase de aventuras en las que distaban de ofrecer una imagen intachable; al contrario, a menudo se emborrachaban, engañaban a sus cónyuges y se entrometían maliciosamente en las vidas de los humanos.
Lo que no impedía que éstos buscaran su protección y les rindieran culto en los templos erigidos en su honor, invocándolos por la cualidad que cada uno encarnaba, como Atenea por su sabiduría, Ares por su condición guerrera o Deméter por su asociación con la fertilidad.
Una de las divinidades más solicitadas en el panteón griego era Afrodita, la diosa del amor. En torno a ella circulaban muchos mitos, empezando por el de su nacimiento. Según cuenta el poeta Hesíodo en su Teogonía, Gea, la gran diosa de la Tierra, se había casado con su hijo Urano, el imponente dios del Cielo, pero la suya no era una unión feliz. Las dos deidades hacían el amor sin amor; Urano, que odiaba a sus hijos, los mantenía encerrados en el fértil vientre de la diosa.
Harta de esa cópula eterna, Gea convenció a otro de sus hijos, Cronos, para que la ayudara. Éste, empuñando una hoz dentada (algunos bardos dicen que hecha de adamita; otros, de pedernal), le cortó a su padre el pene erecto y los testículos. Rugiendo con un dolor inconcebible, Urano paró bruscamente su violento coito y su miembro amputado cayó al mar embravecido. Esa masa visceral y caliente llegó a la deriva hasta la isla de Citera, al sur de Grecia, desde donde fue arrastrada a otra isla, Chipre. Allí, de aquel amasijo espumoso surgió una muchacha «bella y majestuosa». Esa doncella divina era Afrodita, a la que el mundo romano conocería como Venus.
La diosa de Chipre
La localización del nacimiento mítico de Afrodita frente a la costa de Chipre no es casual. La arqueología ha demostrado que en esta isla existió un culto a Afrodita y a otras diosas de la fertilidad desde épocas muy remotas. La última vez que estuve en Chipre, en el Museo Arqueológico de Lárnaca, los investigadores estaban analizando un pequeño collar de granadas doradas de 3.500 años de antigüedad, descubierto poco antes en la tumba de un niño. Las granadas siempre han sido la fruta de Afrodita, con un color que simboliza tanto la fertilidad como la muerte. Cerca de allí se encontró un colgante de oro grabado con la imagen de Astarté, la deidad del placer y de la guerra en la Edad del Bronce. Junto a estas delicadas joyas había curiosas figuritas femeninas muy similares a las encontradas en Siria y el Próximo Oriente, 400 kilómetros al este en el Mediterráneo: mujeres con aspecto de pájaro.
LA DIOSA MÁS VENERADA
Basándose en el mito de su nacimiento, los griegos aseguraban que el nombre Afrodita derivaba del griego «entregada por la espuma» (aphros es el término griego para la espuma marina). Sin embargo, parece más probable que provenga del fenicio Ashtaroth, helenizado después como Astarté y adaptado hasta desembocar en Afrodita. Esta raíz oriental de Afrodita no tiene nada de sorprendente. Desde el III milenio a.C., en las tierras del Próximo Oriente se había difundido una entidad divina y tormentosa, una diosa sublime y voluble conocida por los nombres de Inanna, Ishtar y Astarté, encarnación del deseo y las relaciones carnales. A lo largo del I milenio a.C., Astarté se convirtió en la gran diosa del panteón cananeo-fenicio y su culto se expandió por todo el Mediterráneo. A menudo representada con cuernos, Astarté decoraba incluso las proas de los barcos de los mercaderes que salían de los puertos de Fenicia.
Un culto embriagador
La isla de Chipre estaba muy relacionada con el Próximo Oriente. Era una escala destacada en el circuito del comercio del cobre –la base, junto con el estaño, de la civilización de la Edad del Bronce–. De hecho, los romanos llamaban al cobre aes Cyprium, «bronce de Chipre». Barcos cargados con este metal llegaban a sus puertos desde el Próximo Oriente, Egipto, Mesopotamia y la Grecia continental, y con ellos llegaban sus divinidades y sus ritos religiosos. Al mismo tiempo, la población indígena de Chipre poseía sus propias tradiciones religiosas. Hoy sabemos que, al menos desde el III milenio a.C., en la isla se rendía culto a una diosa primigenia de la fertilidad de la que se conservan numerosas representaciones, como la figura conocida como la «Dama de Lemba».
A esto se sumó la llegada de la civilización micénica, que se desarrolló en la Grecia continental en el II milenio a.C. Cuando los micénicos se establecieron en Chipre a principios del siglo XII a.C. adoptaron a la diosa local de la fertilidad y erigieron un santuario en su honor en Paleopafos, la antigua Pafos.
El primitivo santuario de Pafos fue uno de los mayores del mundo antiguo, tan importante para los griegos como el de Delfos en el continente. El himno homérico de Afrodita permite hacernos una idea de cómo se desarrollaban los ritos en este templo. En él no se permitían sacrificios sangrientos, sólo quemar el caro incienso de Arabia (el poema alude a un «altar humeante, perfumado con incienso») y las libaciones de aceite de oliva, miel y vino. Vasijas de cerámica de la zona, del siglo VIII a.C., muestran a una diosa o suma sacerdotisa chipriota bebiendo una especie de brebaje con pajita, posiblemente láudano o vino aderezado con opio. Siempre asociado con flores y perfumes, el culto a Afrodita debía de ser una experiencia embriagadora. En el mismo santuario de Pafos se cultivaban lirios, violetas y mirto dulce. También había estanques de lotos y rosales. Uno podría suponer que ése es el origen lejano de que en la actualidad doscientos millones de rosas cambien de manos cada año por San Valentín.
Protectora de las ciudades
En torno al siglo VIII a.C., la diosa adorada en el santuario de Pafos empezó a ser conocida como Afrodita. Al menos así la llamaba ya el autor de un Himno homérico a Afrodita, escrito en el siglo siguiente. De lo que no hay duda es de que la feroz y fabulosa Afrodita nació del cruce de influencias diversas, desde las divinidades primitivas de la fertilidad hasta la Astarté oriental y la divinidad micénica que encarnaba la belleza del cuerpo y el alma. La diosa que emergió frente a las costas de Chipre era hija de Oriente y Occidente.
Desde Chipre, el culto a Afrodita se propagó por todo el mundo griego. La principal vía de difusión fueron las ciudades portuarias. Como diosa que históricamente viajaba por mar y que por ello trascendía fronteras y límites, Afrodita era muy venerada en los puertos. Era adorada en hermosos santuarios en Corinto, Atenas, Cnido o Siracusa.
A la diosa se le daban epítetos relacionados con el comercio y la navegación, como Euplea (la del buen viaje), Pontia o Pelagia (la marina), y a menudo recibía ofrendas de los marineros en sus templos.
Como diosa de las relaciones humanas de todo tipo, amorosas y hostiles, Afrodita aparecía como una protectora totémica de esas ciudades. Así ocurría en Atenas. En las laderas de la Acrópolis, coronada por el famoso Partenón, los atenienses rendían culto a Afrodita dejando ofrendas de granadas, aceites aromáticos y tazones de leche en nichos tallados (algunos jóvenes románticos siguen aún hoy honrando a la diosa del amor en los mismos nichos y del mismo modo).
Para los atenienses, Afrodita era una divinidad fundamental en su devenir como ciudad. Se creía que fue ella quien, con su poder cósmico, había propiciado que las poblaciones que antiguamente vivían dispersas se unieran para formar la gran ciudad-estado de Atenas. Por eso, Teseo, el rey que obró esta unión, instituyó el culto de Afrodita Pandemos, es decir, Afrodita Común o Pública, para indicar que era el afecto recíproco lo que forjó esa «unión de pueblos» en la ciudad. Por esa misma razón, el santuario de Afrodita Pandemos se situó en el ágora, el lugar común de reunión del pueblo. Siglos más tarde, Clístenes, promotor de la gran reforma democrática de Atenas en 508 a.C., resaltaría la dimensión cívica de la diosa al acuñar monedas con Atenea en el anverso y Afrodita Pandemos en el reverso.
Invocada en las monedas. Tetradracma de plata acuñada en la ciudad de Erice, en Sicilia, hacia 400 a.C. En su reverso se muestra a Afrodita sentada, sosteniendo una paloma en su mano derecha, y, frente a ella, su hijo Eros. Foto: Alamy / ACI.
Adorada por las prostitutas
Un autor del siglo II a.C. ofrece otra explicación del sobrenombre Pandemos. Según Nicandro de Colofón, se debería a que el legislador Solón construyó un templo de Afrodita con el dinero de las heteras, que eran «mujeres públicas». Esta asociación de Afrodita con la prostitución era habitual en la Antigüedad, hasta el punto de que un autor de la Roma republicana, Ennio, traduciendo al autor griego Evémero, llega a atribuirle la invención de «la profesión más antigua».
Diversos testimonios, tanto literarios como arqueológicos, apuntan a que en algunos templos de Afrodita se practicaba una «prostitución sagrada», aunque lo más probable es que se tratase de encuentros sexuales corrientes que buscaban algún tipo de cobertura religiosa. Los verdaderos centros de prostitución se encontraban en ciertos barrios de las ciudades portuarias, frecuentados por un tránsito constante de marineros de todos los países.
Éste era el caso del Cerámico de Atenas. Excavaciones arqueológicas realizadas en esa zona sacaron a la luz un precioso medallón de plata con una escena intrigante: Afrodita cabalgando una cabra revoltosa en un cielo nocturno, acompañada por su hijo-consorte Eros, con una escalera de mano apoyada tras la diosa. La imagen comportaba un intencionado juego de palabras. En griego, una escalera se llama klymax, término que significaba también «orgasmo», el cual, a su vez, era llamado a menudo «el final de Afrodita». En el Cerámico había puestos donde se hacinaban los trabajadores sexuales, hombres y mujeres, para ofrecer sus servicios. Esperemos que, como mínimo, la protección de la diosa del amor les ofreciera algún consuelo.
Afrodita y Venus
Puesto que las antiguas deidades encarnaban ideas universales, no sorprende que los romanos tuvieran su propia diosa de la fertilidad y la procreación, llamada Venus (la raíz etimológica del nombre Venus es vanas, que en sánscrito significa «deseo»). Cuando, tras la caída de Corinto en 146 a.C., los romanos conquistaron los territorios griegos, Venus y Afrodita se convirtieron en análogas.
Venus era venerada en Roma en varias festividades ancestrales relacionadas con la fertilidad, como la Veneralia de primavera y la Vinalia Urbana, cuando las prostitutas lucían guirnaldas de mirto y rosas y bebían ánforas de vino. Como sucedía en el mundo griego, la diosa ejercía también como protectora de la ciudad. El mito hacía de ella la madre del héroe troyano Eneas, fundador del linaje real romano. Desde el año 46 a.C. se celebraba una fiesta en honor de Venus Genetrix, madre y progenitora del pueblo romano. Julio César la consideraba como la madre ancestral de la familia Julia y le consagró su foro, con un templo dedicado a ella. En otras ciudades, la vinculación con Venus era incluso más estrecha. La diosa se convirtió en la máxima deidad de Pompeya, que en el año 89 a.C. fue oficialmente rebautizada como Colonia Cornelia Veneria Pompeianorum.
Para los antiguos, Afrodita fue muchas cosas: la diosa del amor y del deseo sexual, ciertamente, pero también la garante de la armonía social y a veces la encarnación de fuerzas oscuras; no en vano se la describía como Epistrophia, la impostora, o Androphonos, la asesina de hombres. Era una deidad con la que convenía llevarse bien.
Chipre, tierra de diosas de la fertilidad
En la isla de Chipre se han hallado fascinantes figuras de la fertilidad de unos 5.000 años de antigüedad. Estas piezas tienen una forma singular: su cuerpo es de mujer, con los brazos extendidos y senos y vulvas pronunciados, pero sus cuellos y cabezas tienen forma fálica. Algunas, fabricadas con picrolita verde claro, son lo bastante pequeñas como para caber en la palma de la mano y muchas están perforadas para poder usarlas como colgante. Otras, como la llamada «Dama de Lemba», una figura de piedra caliza de 30 centímetros de altura, amplias caderas y vientre preñado, es una encarnación del sexo y la procreación, de la unión y el contacto de los cuerpos. Estas figuras también son ancestros de Afrodita.
Afrodita, la diosa que se desnudó
En el arte griego de los siglos VI y V a.C. se representaba a Afrodita como una diosa de porte majestuoso, que mostraba su rostro, pero con el cuerpo cubierto. En cambio, desde el siglo IV a.C. se impuso la imagen icónica de Afrodita como una mujer en la plenitud de su belleza y totalmente desnuda.
Afrodita en Afrodisias
Afrodisias, la ciudad de Afrodita, fue fundada en el siglo II a.C. por pobladores griegos en el suroeste de la península anatólica. Este fue el territorio que habitaron los antiguos carios, quienes rendían culto desde la época arcaica a una diosa de la fertilidad que en el período helenístico acabó asimilada a la Afrodita griega. En el centro de la ciudad se alzaba un templo dedicado a esta divinidad, administrado por un influyente cuerpo sacerdotal. En el siglo I a.C., en tiempos del emperador Augusto, el santuario fue reconstruido con proporciones monumentales por impulso de un rico liberto de la ciudad, Cayo Julio Zoilo, que también era sacerdote del templo. Al santuario se dirigían procesiones para festejar a la diosa, en las que participaban no sólo los vecinos de Afrodisias, sino también un gran número de extranjeros que peregrinaban a la ciudad en busca de la protección de la diosa.
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Pirata Oscar




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