Ya estoy aquí con otra sesión de (NATIONAL PRESENT)de la sección de NATIONAL GEOGRAPHIC.
Esta semana toca hablar El mito detrás del cantar de Mio Cid. Esta semana conoceremos los orígenes del cantar de Mio Cid en la nueva entrada de NATIONAL GEOGRAPHIC vamos a conocer más sobre estar cantar tan famoso.
Mio cid, el apelativo con el que se conoce a Rodrigo Díaz, es la adaptación romance del
título andalusí sídi, formado con síd «señor», y el sufijo posesivo -i, «mío».shutterstock
Este personaje histórico se convertiría en mito literario gracias al poema épico que recibió su nombre.
Rodrigo Díaz, más tarde llamado «de Vivar», fue un personaje histórico excepcionalmente bien documentado para su época, incluso dentro del restringido grupo de personajes que por entonces podían aspirar a protagonizar una crónica, no digamos ya una biografía, como eran reyes, santos o, en algún caso, obispos. Es más, conservamos su firma autógrafa, ego ruderico («yo Rodrigo»), así como la de su esposa, doña Jimena, ego eximina («yo Jimena»), en sendas donaciones a la catedral de Valencia en 1098 y 1101. Sin embargo, pese a la relevancia de su figura histórica, Rodrigo ha pasado a la posteridad sobre todo como héroe épico y, en definitiva, como mito literario.
La figura de Rodrigo el Campeador, como es denominado en las fuentes coetáneas, se convirtió pronto en personaje literario, empezando por las invectivas que le dedicaron los poetas árabes de Valencia, que aquél rindió por hambre. En territorio cristiano, ya a finales del siglo XII, fue objeto de una biografía latina, la Historia Roderici, y de un himno, el Carmen Campidoctoris, en cuyo inicio se lo prefería a los héroes de la guerra de Troya: «Mas ¿qué gusto han de dar hechos paganos, / si por su gran vejez ya desmerecen? / Cantemos hoy del príncipe Rodrigo / nuevas las guerras».
Unos años antes, hacia 1150, otro texto latino, el Poema de Almería, mencionaba las tradiciones orales en torno a Rodrigo Díaz: «El mismísimo Rodrigo, llamado usualmente mio Cid, / de quien se canta que no fue vencido por los enemigos, / que domeñó a los moros y domeñó también a nuestros condes».
Quizá la expresión «de quien se canta» se refiera a cantares de gesta –los poemas épicos medievales en los que se referían hazañas de personajes legendarios o históricos–, aunque en esa época algo que «todos cantan» podía ser simplemente lo que andaba de boca en boca. A ello alude, sin duda, la indicación de que a Rodrigo se lo conocía «usualmente» como mio Cid, designación consagrada por la obra que lo catapultó definitivamente al olimpo literario, el Cantar de mio Cid.
Éste se compuso en algún momento del siglo XII; antes, en todo caso, de mayo de 1207, cuando Per Abbat (según escribe él mismo al final del texto) copió el manuscrito que sirvió de modelo al códice del siglo XIV hoy conservado. Se ha discutido mucho sobre la fecha de composición del poema, que se ha movido en un arco que va de 1140 al mismo 1207. La primera fecha se basa en considerar que el Poema de Almería se refiere al cantar que conocemos. La segunda tiene como base el final del manuscrito, pero esta anotación («Per Abbat le escrivió») se refiere a la labor del copista, no del autor.
Finalmente, hay una serie de elementos, tanto de cultura material como históricos, que apuntan a la última década del siglo XII. En cuanto a la autoría, descartado Per Abbat, no hay nada seguro. Aquí el espectro de posibles autores del Cantar que se ha propuesto va desde el errante juglar analfabeto hasta el erudito encerrado en una biblioteca monástica.
Probablemente la realidad esté en un punto intermedio, pues si bien cabe que su autor fuese un juglar profesional, como sugiere su formada capacidad poética, todo apunta a que poseía además un nivel notable de conocimientos jurídicos y un léxico con ecos del latín de la iglesia y de los tribunales. El hecho de que el poema conjugue elementos de las dos vertientes de la cultura medieval, la escrita y la oral, la latina y la vernácula, responde al perfil de alguien que en la época era calificado de quasi litteratus, «casi letrado».
¿Qué tipo de héroe es el Cid? En el célebre soliloquio que comienza «Ser o no ser», el Hamlet de Shakespeare se pregunta «si es más noble sufrir en el ánimo / las andanadas y los flechazos de una fortuna atroz / o tomar las armas contra un mar de calamidades / y, enfrentándose a ellas, darles fin». La primera actitud tiene un componente de resignación ascética, próxima al patetismo del héroe trágico.
La segunda, en cambio, es la propia de un Aquiles, un Héctor o un Ulises, incluso aunque pueda caer en la empresa. No en vano, en su Poética, Aristóteles definía la poesía épica como la representación narrativa de alguien esforzado (spoudaîos). Ese personaje que no se pliega ante las adversidades, sino que se crece ante ellas e intenta superarlas, es el héroe épico. Y al Cid, justamente, no le faltan calamidades a las que enfrentarse.
El héroe esforzado
Su primera prueba es el destierro decretado por su rey,Alfonso VI, que lo obliga a abandonar sus casas, con las «perchas vacías, sin pieles y sin mantos, / sin halcones y sin azores mudados». Ante este desolado panorama, el héroe no pierde el ánimo, además de saber reconocer a sus verdaderos enemigos, los envidiosos cortesanos que han cegado el buen juicio del rey: «Suspiró mio Cid, por los pesares abrumado, / habló mio Cid bien y muy mesurado: / “¡Gracias a ti, Señor, Padre que estás en lo alto! / ¡Esto han tramado contra mí mis enemigos malvados!”».
Toda la primera trama del Mio Cid consiste en los esfuerzos de Rodrigo para convencer a don Alfonso, su «señor natural», de que le devuelva su favor y lo reintegre a la corte. Tras muchas aventuras, que incluyen la derrota del conde de Barcelona y del rey de Marruecos, el Cid logra asentarse en la capital levantina: «Con afán gané Valencia y la tengo en propiedad». El héroe se halla en la cumbre del éxito, como él mismo señala al poco de la toma de Valencia, dirigiéndose a su sobrino Álvar Fáñez, conocido con el sobrenombre de Minaya: «¡Gracias a Dios, Minaya, y a Santa María, su madre, / con muchos menos salimos de la aldea de Vivar! / Ahora tenemos riqueza, más tendremos adelante».
Pero bien sabían los medievales que la fortuna siempre es mudable y, cuando menos se espera, otra vuelta de su rueda vuelve a derribarte. Así, en la segunda trama del cantar, la desgracia viene de donde menos cabía esperar. Incluso el avezado catador de agüeros que era el Campeador (rasgo que el personaje histórico le presta al literario) se despista al apreciar las señales adversas que preceden al viaje de sus hijas, doña Elvira y doña Sol, junto a sus yernos, los infantes de Carrión: «Lo vio en los agüeros el que en buena hora ciñó espada / que estos casamientos no estarían libres de mancha; / no se puede arrepentir, pues casadas están ambas».
¿Cómo iba a imaginarse el bueno del Cid que esa «mancha» sería un ultraje directo de los infantes a sus propias hijas? Así se lo explican a las víctimas sus mismos agresores: «Tened por seguro, doña Elvira y doña Sol, / que seréis escarnecidas aquí, en estos fieros montes; / hoy nos separaremos y seréis abandonadas por nosotros, / no tendréis parte en las tierras de Carrión. / Irán estos recados al Cid Campeador, / nosotros vengaremos con ésta [afrenta] la del león». Siendo huéspedes del Cid en Valencia, los infantes fueron objeto de burlas al huir aterrados de un león propiedad del Campeador, que se había escapado, y ahora, en el robledal de Corpes, se vengan desnudando a sus hijas y azotándolas.
Cuando el Cid recibe la noticia de la afrenta vuelve a reaccionar con entereza y decisión, con una paradójica expresión de gratitud similar a la que hemos visto al inicio del poema: «¡Gracias a Cristo, que del mundo es señor, / cuando tal honra me han dado los infantes de Carrión! / ¡Por esta barba que nadie nunca mesó, / no han de disfrutarla los infantes de Carrión, / que a mis hijas bien las casaré yo!». Siglos antes de que se pusiesen de moda las películas sobre juicios, el autor del Cantaradvirtió las posibilidades dramáticas de un proceso judicial y las puso al servicio de su héroe.
En la historia literaria, el héroe épico tiende a la desmesura. Si Aquiles es colérico, los héroes germánicos que se enfrentan a monstruos (como Sigfrido o Beowulf) o que acometen cruentas venganzas resultan como mínimo grandiosos. De haberse situado el Cid en esta línea de conducta, se esperaría de él que se rebelase contra su rey, primero, y que tomase una sangrienta represalia sobre los infantes de Carrión, después. En cambio, en ambos casos opta por ceñirse al derecho.
Lo cortés no quita lo valiente
Así, ante la ira regia, el vasallo exiliado actúa de acuerdo con los preceptos recogidos en fechas cercanas por el Fuero viejo de Castilla, enviando sucesivamente al rey una parte del botín, a fin de granjearse de nuevo su favor y propiciar el final del destierro y el retorno a la corte. Para reparar la afrenta de Corpes, el padre agraviado solicita del rey una reunión judicial de la corte, «y que así obtenga justicia de los infantes de Carrión».
Es allí donde los acusa formalmente, en uno de los momentos climáticos del viejo cantar: «La querella mayor no se me puede olvidar; / oídme toda la corte y afligíos con mi mal; [...] Si ya no las queríais, perros traidores, / ¿por qué las sacabais de Valencia, sus posesiones? / ¿por qué las golpeasteis con cinchas y espolones? / Abandonadas las dejasteis en el robledo de Corpes / a las fieras alimañas y a las rapaces del bosque. / ¡Por cuanto les hicisteis menos valéis vosotros! / Si bien no respondéis, que lo juzgue esta corte».
Esta actitud resulta un tanto inusual e incluso puede parecer antiheroica. La actuación del Cid como devoto cristiano, fiel (aunque desairado) vasallo, atento padre de familia, responsable caudillo de sus hombres y ponderado gobernador de Valencia a algunos lectores modernos les podría parecer más propia de un prohombre del siglo XIX que de un señor de la guerra medieval. En este aspecto, el carácter sobrio y contenido del Cid recuerda el de los legendarios héroes cívicos de la antigua Roma, como Curcio o Mucio Escévola, que se sacrifican por su patria.
Ahora bien, en la mentalidad medieval, ambas facetas eran inseparables, porque Rodrigo Díaz respondía al modelo óptimo de héroe: el que encarnaba el par de sapientia et fortitudo, no tanto «sabiduría y fuerza», como «prudencia y fortaleza de ánimo». Se trata, por tanto, de la unión de dos principios en apariencia contrapuestos, pero sabiamente equilibrados. En el caso del Cid épico, la sapientia consiste en sabiduría mundana, compuesta de sentido de la proporción, capacidad de previsión y, en definitiva, talento para ajustarse a la ocasión, lo que, en el caso cidiano, como en el de Ulises, incluye la sagacidad o astucia.
Por su parte, la fortitudo tampoco se identifica sólo con la fuerza física, aunque ésta le era indispensable a un guerrero medieval, ni con la pura capacidad de agresión, sino, sobre todo, con la aptitud para actuar, la disposición para el mando y, en suma, la autoridad, tanto bélica como moral. Maña y fuerza le permiten al Campeador conquistar una plaza como Alcocer (para lo que finge una retirada a la que sigue una durísima carga contra sus incautos perseguidores) e igualmente vengarse de los infantes de Carrión (derrotados y deshonrados en combate judicial ante el rey).
De este modo, la mesura y el esfuerzo llevan al Cid a una posición que no sólo iguala la del infanzón de Vivar que era antes de su destierro, sino que la supera, hasta convertirlo en uno de los principales magnates de la península ibérica. El apoteósico remate del Cantar, que alude al nuevo matrimonio de las hijas del Cid con los príncipes de Navarra y Aragón, no puede dejarlo más claro: «Con mayor honra las casa de la que primero fue. / ¡Ved cómo le aumenta la honra al que en buena hora nació, / cuando señoras son sus hijas de Navarra y de Aragón! / Hoy los reyes de España sus parientes son, / a todos les alcanza honra por el que en buena hora nació».
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Pirata Oscar












