Ya estoy aquí con otra sesión de (NATIONAL PRESENT)de la sección de NATIONAL GEOGRAPHIC.
Esta semana toca hablar José Alfredo Jiménez, a 100 años de su nacimiento: vida y legado del rey de la ranchera.
Esta semana seguimos con estas entradas curiosas en NATIONAL GEOGRAPHIC coneceremos mejor toda la historia de este gran cantante mexicano como es José Alfredo Jiménez.

Nacido en Dolores Hidalgo en 1926, José Alfredo Jiménez se convirtió en una figura esencial
de la canción ranchera. Museo José Alfredo Jiménez
El rey de la ranchera
José Alfredo Jiménez, autor de “El rey”, fue el gran compositor de la ranchera. Un siglo después de su nacimiento, sus canciones siguen siendo himnos populares.
José Alfredo Jiménez nació el 19 de enero de 1926 en Dolores Hidalgo, en el estado de Guanajuato. Fue el tercero de cuatro hijos y sus primeros años transcurrieron en un ambiente familiar relativamente acomodado. Su padre era farmacéutico y había fundado la botica San Vicente, la primera farmacia del pueblo, un negocio que permitió sostener a la familia durante un tiempo.
Pero, además, era un hombre con inclinaciones culturales: disfrutaba de la literatura, apreciaba la música y organizaba veladas donde se reunían músicos, poetas e incluso figuras públicas. En esa casa, donde sonaban compositores de moda, José Alfredo empezó a familiarizarse con un mundo de canciones y emociones que, sin saberlo, terminaría convirtiéndose en su destino.

José Alfredo a la edad de los 7 años.
Su infancia discurrió entre la calma provinciana y esa atmósfera bohemia que estimuló su sensibilidad. Sin embargo, su vida dio un giro brusco cuando murió su padre: tenía apenas diez años. La botica quedó en manos de familiares que no pudieron sostener el negocio y, tras la quiebra, la familia se vio obligada a abandonar Dolores Hidalgo. Su madre vendió la casa y todos se trasladaron a Ciudad de México. Allí la situación fue empeorando y la familia terminó desintegrándose: algunos regresaron a Salamanca, su hermana se casó y José Alfredo decidió quedarse en la capital con una tía.
La precariedad marcó su adolescencia. Tuvo que abandonar los estudios al acabar la primaria y aceptar todo tipo de trabajos para sobrevivir. Su otra pasión era el fútbol. Llegó a jugar como portero y, por un breve periodo, pasó a un club de Primera División, aunque no logró mantenerse.
CUATRO CAMINOS Y UN DESTINO
Mientras buscaba trabajo, José Alfredo ya escribía canciones de manera instintiva, sin formación musical y sin tocar ningún instrumento. Anotaba ideas donde podía, en cualquier papel que tuviera a mano. En uno de esos momentos de incertidumbre compuso “Cuatro caminos”, una canción que refleja su propia encrucijada vital: no sabía qué rumbo tomar. En realidad, los caminos eran tres —seguir en Ciudad de México y apostar por la música, continuar con el fútbol o regresar a su pueblo con lo poco que le quedaba—, pero eligió llamarlos “cuatro” porque el número cuatro era su favorito.

José Alfredo Jiménez en un programa de radio.
Su carrera comenzó en un lugar humilde: el restaurante La Sirena, donde entró a trabajar como cajero y después como camarero. Con amigos del barrio formó un grupo con el que empezó a amenizar serenatas, cumpleaños y reuniones familiares. Poco a poco fueron dándose a conocer y en 1947 lograron cantar en directo en varias emisoras de radio. Sin embargo, cuando intentó dar el siguiente paso, se encontró con una muralla: sus visitas a discográficas terminaban en negativas y la posibilidad de grabar parecía siempre fuera de su alcance.

Demetrio González, Rosa de Castilla, José Alfredo, Lucho Gatica,
María Victoria y Pedro Vargas, en la película Duelo de canciones.
El gran giro llegó en 1951, también en La Sirena. Allí conoció al cantante Andrés Huesca, que escuchó su tema “Yo” y quedó impresionado. Huesca la memorizó y la ensayó con su grupo, Los Costeños. Días después, en un estudio de RCA Víctor, interpretaron la canción mientras los micrófonos estaban abiertos. El director artístico de la compañía escuchó aquella melodía casi por accidente y ordenó grabarla.
Fue un éxito inmediato y marcó el comienzo de una carrera fulgurante. A partir de ahí, las puertas se abrieron de golpe. Ese mismo año se grabaron otras composiciones suyas interpretadas por las grandes voces del momento, y el impacto fue tan rotundo que fue reconocido como Compositor del Año. José Alfredo, que había pasado años acumulando canciones sin que nadie le diera una oportunidad, pasó en poco tiempo del anonimato a la fama. De pronto, sus letras estaban en todas partes.

Se casó en 1952 con Paloma Gálvez, con quien tuvo dos hijos.
Sin embargo, su vida sentimental fue turbulenta: mantuvo otras relaciones,
volvió a ser padre y, en sus últimos años, estuvo acompañado por una mujer
mucho más joven, Alicia Juárez, cuando ella tenía 17 años y él 46.
EL REY DE LA RANCHERA
Entre 1951 y 1973 compuso más de 300 canciones, renovó el género ranchero y se convirtió en una figura imprescindible de la música popular. Sus melodías eran sencillas, pero tenían fuerza y autenticidad; sus letras, marcadas por el amor, la pérdida, el orgullo y la contradicción, hablaban con una claridad emocional que parecía directa, sin filtros. Muchas de sus canciones nacieron de vivencias personales, en especial de sus relaciones amorosas. Es por ello, que su gran amigo, Miguel Aceves, le dice que nadie va a interpretar las canciones con tanto sentimiento como él y le anima a que las cante él mismo.
Entre sus canciones más emblemáticas destaca “El rey”, convertida con el tiempo en una pieza casi imprescindible de la música popular mexicana. Su fuerza está en la sencillez: una letra directa y orgullosa, capaz de condensar en pocos versos el desgarro, la dignidad y el desafío que atraviesan buena parte de la obra de José Alfredo. Como los grandes himnos, terminó trascendiendo a su autor y sigue cantándose hoy con la misma intensidad.

El cantautor pidió no ser enterrado en la Rotonda de las Personas Ilustres
de Ciudad de México: quería una tumba sencilla, como la de cualquiera
de los suyos.
Sin embargo, hoy sus restos descansan en un mausoleo que puede visitarse
en el panteón municipal de Dolores Hidalgo, el pueblo donde nació.
Oficina de turismo Dolores Hidalgo
En 1968 enfermó de cirrosis hepática a causa del alcohol. Se recuperó temporalmente, pero recayó. Su última aparición pública fue en un programa de televisión donde cantó “Gracias”, como si estuviera despidiéndose. Murió el 23 de noviembre de 1973 en Ciudad de México. No quiso una tumba solemne ni honores oficiales: pidió ser enterrado en su pueblo. Sus restos descansan en el panteón municipal de Dolores Hidalgo, donde su historia comenzó. Allí permanece el compositor que convirtió el dolor cotidiano en canción y dejó un legado de clásicos que, décadas después, siguen vivos.
el pueblo de la independencia mexicana
Visitar la casa museo donde nació José Alfredo Jiménez permite recorrer su vida a través de diez salas, acompañadas por algunas de sus canciones más célebres. Se trata de un espacio moderno, con recursos interactivos que convierten la visita en una experiencia amena y sorprendente. Y, además, es una excusa perfecta para acercarse a Dolores Hidalgo, uno de los llamados pueblos mágicos del estado de Guanajuato.
No es casual que este lugar ocupe un sitio destacado en la historia de México: aquí, en 1810, el cura Miguel Hidalgo pronunció el célebre Grito de Dolores, con el que inició el movimiento independentista y reunió a miles de seguidores. Para entender mejor aquel episodio decisivo, el viajero puede visitar el museo dedicado al propio Hidalgo, instalado en la casa donde vivió, y completar el recorrido en el Museo de la Independencia, que profundiza en el origen y el desarrollo de aquella revolución.

La plaza principal de Dolores Hidalgo, corazón del pueblo, con la parroquia
como telón de fondo. Adobe Stock
Pero Dolores Hidalgo no se resume en sus museos: también invita a pasear sin prisa por sus calles empedradas hasta llegar a la plaza principal, presidida por la imponente parroquia de estilo churrigueresco. Allí, además, es casi obligatorio probar una de sus famosas nieves, con sabores tan insólitos como aguacate o cerveza, que forman parte del encanto local.
Como broche final, el plan puede ampliarse con una visita al Museo del Vino de Guanajuato, ideal para acercarse a la cultura vinícola del estado y descubrir algunos de sus vinos más interesantes.
TODA LA INFORMACIÓN LO HE
ENCONTRADO EN LA PÁGINA
OFICIAL DE NATIONAL GEOGRAPHIC
Pirata Oscar



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