miércoles, 17 de junio de 2026

CULTURA, LA RAZÓN Y ARTE 85 (Un estudio que reúne evidencias de África y Eurasia desmonta una de las teorías más famosas sobre nuestros orígenes: la evolución humana no fue una revolución repentina)

 

Esta semana en la sección de CULTURA, LA RAZÓN Y ARTE la entrada de este martes hablaremos sobre Un estudio que reúne evidencias de África y Eurasia desmonta una de las teorías más famosas sobre nuestros orígenes: la evolución humana no fue una revolución repentina , vamos hablar de lo que nos cuenta este estudio de la evolución humana que parece que hay grandes cambios sobre lo que nos habían contado.

 

 

Un estudio que reúne evidencias de África y Eurasia desmonta una de las teorías más famosas sobre nuestros orígenes: la evolución humana no fue una revolución repentina 

 

 La historia de la evolución humana fue mucho más lenta y compleja de lo que se creía, 

según una nueva investigación. Recreación fantasiosa. Foto: ChatGPT-4o/Christian Pérez 

 

Nuevas evidencias arqueológicas, fósiles y genéticas cuestionan la idea de una transformación repentina de Homo sapiens y apuntan a una evolución mucho más larga y compleja.

 

Durante décadas, una idea dominó gran parte de los estudios sobre la evolución humana. Según esta visión, nuestros antepasados experimentaron una transformación radical hace unos 50.000 años. En un periodo relativamente breve habrían aparecido el pensamiento simbólico, el arte, las herramientas complejas y las capacidades cognitivas que hicieron posible la expansión de Homo sapiens por todo el planeta. Era una explicación sencilla, atractiva y fácil de contar. Sin embargo, nuevas investigaciones están cuestionando cada vez más ese relato.

 

 


 

Un reciente estudio publicado en la revista Quaternary Science Reviews por el arqueólogo Huw S. Groucutt plantea una revisión profunda de esa narrativa. Tal y como indica el investigador, las evidencias arqueológicas, fósiles y genéticas acumuladas durante las últimas décadas apuntan hacia una historia mucho más compleja, prolongada y desigual. En lugar de una revolución repentina, la aparición de los rasgos que solemos considerar “modernos” habría sido un proceso gradual que se desarrolló a lo largo de cientos de miles de años.

La cuestión es fundamental porque afecta directamente a cómo entendemos el éxito de nuestra especie. Homo sapiens fue el único linaje humano que logró expandirse por todos los continentes, mientras neandertales, denisovanos y otras poblaciones humanas desaparecieron. Explicar cómo ocurrió ese proceso constituye uno de los grandes desafíos de la paleoantropología contemporánea.

Durante buena parte del siglo XX, muchos investigadores interpretaron los cambios observados en Europa hace unos 45.000 años como una auténtica revolución. En el registro arqueológico europeo aparecían nuevas tecnologías, herramientas más sofisticadas, manifestaciones artísticas y evidencias de comportamientos complejos. Aquello parecía marcar una ruptura radical con el pasado.

Sin embargo, el problema comenzó cuando los arqueólogos empezaron a excavar con mayor intensidad en África, la cuna reconocida de nuestra especie. Poco a poco aparecieron pruebas que mostraban que muchos de esos comportamientos considerados exclusivos de los humanos modernos europeos existían en realidad mucho antes y a miles de kilómetros de distancia.

 

África y el fin de una vieja narrativa

Las excavaciones realizadas en distintos puntos del continente africano han revelado un panorama muy diferente al que se imaginaba hace apenas unas décadas. Herramientas especializadas, uso de pigmentos, adornos personales elaborados con conchas marinas, transporte de materias primas a largas distancias e incluso algunas posibles expresiones simbólicas aparecen mucho antes de los 50.000 años tradicionalmente asociados a la llamada revolución humana.

Pero existe otro aspecto todavía más importante. Estas innovaciones no surgieron todas al mismo tiempo ni en un único lugar. Algunas aparecen en determinadas regiones, desaparecen durante miles de años y vuelven a encontrarse posteriormente en otros contextos diferentes.

Lejos de una gran explosión cultural, el registro arqueológico muestra una evolución irregular, con avances, retrocesos y desarrollos regionales. Tal y como ha revelado Groucutt, los datos disponibles encajan mejor con un modelo de cambios progresivos que con la idea de un momento decisivo que transformó para siempre a la humanidad.

La diversidad regional también resulta evidente cuando se estudian las distintas tradiciones tecnológicas africanas. Mientras algunas zonas experimentaron transformaciones tempranas en sus industrias líticas, otras mantuvieron sistemas más antiguos durante decenas de miles de años. Si hubiera existido una revolución única y simultánea, este mosaico de comportamientos sería difícil de explicar.

Cada vez más especialistas consideran que la búsqueda de un instante concreto en el que los seres humanos se volvieron plenamente modernos responde más a una necesidad narrativa que a una realidad histórica demostrable.

 

Los neandertales no fueron humanos primitivos y torpes, sino una especie inteligente que fabricó herramientas, cuidó de sus enfermos y compartió parte de su ADN con los seres humanos actuales
 
 
Los neandertales no fueron primitivos y torpes, sino una especie inteligente que fabricó herramientas, cuidó de sus enfermos y compartió parte de su ADN con los seres humanos actuales. Recreación fantasiosa. Foto: ChatGPT-4o/Christian Pérez

 

Los rasgos que asociamos con la modernidad humana no aparecieron todos al mismo tiempo ni en un único lugar.

 

El problema de definir qué significa ser “moderno”

La discusión no afecta únicamente a la cultura. También alcanza a la propia anatomía humana.

Durante mucho tiempo se habló de “humanos anatómicamente modernos” como si existiera una frontera clara que separara a los individuos modernos de sus antepasados más antiguos. Sin embargo, la realidad es bastante más compleja.

Los fósiles hallados en Jebel Irhoud, en Marruecos, constituyen uno de los ejemplos más significativos. Con una antigüedad superior a los 300.000 años, presentan varios rasgos claramente asociados a Homo sapiens. Al mismo tiempo, conservan características que no encajan completamente con la anatomía de los seres humanos actuales.

Algo parecido ocurre en otros yacimientos africanos. Algunos fósiles relativamente recientes conservan rasgos considerados arcaicos, mientras que otros mucho más antiguos muestran características sorprendentemente modernas.

El resultado es una imagen alejada de cualquier línea evolutiva simple. Los rasgos anatómicos que hoy identificamos como propios de nuestra especie parecen haberse ido combinando gradualmente a lo largo de un proceso prolongado y geográficamente disperso.

Esta interpretación encaja además con los avances registrados en genética durante los últimos años.

 

La genética dibuja una historia mucho más compleja

Las primeras hipótesis sobre la aparición de la modernidad humana llegaron a proponer la existencia de una mutación decisiva que habría transformado el cerebro de nuestros antepasados. Según esta idea, un cambio biológico concreto desencadenó el desarrollo del lenguaje complejo, el pensamiento simbólico y la expansión global de Homo sapiens.

Sin embargo, las investigaciones genéticas más recientes han ido debilitando progresivamente esa posibilidad.

Los estudios actuales describen poblaciones humanas antiguas que se separaban, volvían a encontrarse, intercambiaban genes y mantenían relaciones complejas durante largos periodos de tiempo. Lejos de un único grupo fundador, la evolución humana parece haber implicado múltiples poblaciones conectadas entre sí de formas diversas.

Tal y como señala Groucutt, no existe actualmente una evidencia sólida que permita identificar un momento específico en el que surgiera una supuesta “modernidad cognitiva”. Esto no significa que los cambios genéticos relacionados con la inteligencia o el comportamiento no fueran importantes, sino que probablemente se produjeron de forma gradual.

La imagen emergente es la de una especie que evolucionó mediante numerosos procesos acumulativos, influida por factores ecológicos, demográficos y culturales que variaban según las regiones y las épocas.

 

Durante decenas de miles de años, varias especies humanas compartieron el mismo mundo y, en ocasiones, también sus genes.

 

El gran obstáculo: fechar el pasado con precisión

Otro de los aspectos más interesantes del estudio se centra en los problemas de datación que siguen afectando a muchos de los yacimientos clave para reconstruir la expansión humana.

Determinar cuándo vivió exactamente una población o cuándo apareció una innovación concreta continúa siendo una tarea extremadamente compleja. Diferentes técnicas pueden ofrecer resultados distintos, especialmente cuando se aplican a restos muy antiguos.

Uno de los ejemplos analizados por Groucutt es la cueva de Misliya, en Israel. Allí apareció un fragmento de maxilar atribuido a Homo sapiens que algunos investigadores consideran una prueba de la presencia de nuestra especie fuera de África hace entre 180.000 y 190.000 años.

Sin embargo, las distintas técnicas de datación utilizadas en el yacimiento han generado resultados que no siempre coinciden. Esto no significa necesariamente que las fechas sean incorrectas, sino que obliga a interpretar los datos con cautela.

Según el investigador, el verdadero desafío no consiste únicamente en obtener una fecha, sino en comprender con precisión la relación entre esa fecha, los fósiles hallados y los sedimentos donde aparecieron.

 

Este tipo de incertidumbres explica por qué continúan existiendo debates sobre cuándo comenzaron exactamente las primeras dispersiones de Homo sapiens hacia Eurasia.

 

Los denisovanos son uno de los mayores misterios de la evolución humana: apenas conocemos su aspecto, pero su ADN revela que convivieron y se mezclaron tanto con neandertales como con Homo sapiens
 
 
Los denisovanos son uno de los mayores misterios de la evolución humana: apenas conocemos su aspecto, pero su ADN revela que convivieron y se mezclaron tanto con neandertales como con Homo sapiens. Ilustración de Chuang Zhao
 
 

La evolución humana no fue una revolución, sino una acumulación de cambios biológicos y culturales desarrollados durante cientos de miles de años.

 

Una historia mucho más fascinante que una revolución

Paradójicamente, la desaparición de la teoría de una revolución humana no hace nuestra historia menos interesante. Más bien ocurre lo contrario.

La imagen que emerge de las investigaciones actuales es la de una humanidad formada por poblaciones diversas, repartidas por amplias regiones de África, que experimentaron innovaciones de forma independiente, intercambiaron conocimientos y evolucionaron durante cientos de miles de años.

La expansión fuera de África tampoco habría sido un acontecimiento único, sino una serie de movimientos complejos protagonizados por distintos grupos en momentos diferentes. Algunas migraciones prosperaron, otras desaparecieron sin dejar descendencia y otras contribuyeron a moldear la diversidad genética actual.

Lejos de una transformación repentina, la evolución de Homo sapiens parece haber sido una larga acumulación de cambios biológicos y culturales. Una historia llena de matices, incertidumbres y conexiones inesperadas.

Y quizá precisamente por eso resulta mucho más humana. Porque en lugar de un instante mágico que cambió el destino de nuestra especie, lo que revelan las evidencias es un proceso prolongado, irregular y extraordinariamente complejo que todavía seguimos intentando comprender.

 

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   Pirata Oscar 

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